sábado, julio 04, 2009

Que vienen los indios: científicos y doctores locos, primera parte



De nuevo el amigo Kanuto (SpaceRockHeaters, avuelapluma, Mensajes para la humanidad) me invitó a su programa de Canal Extremadura Radio Que vienen los indios para hablar de esas puras tontunas que nos apasionan. Fermín Solís, nuestro excelso autor de comics, fue el tercer hombre. Se emitió el 9 de mayo de 2009. Pido disculpas por afirmar que el director de la versión cinematográfica del 77 de La isla del Dr. Moreau es Ted Post (en el mundo real, el director es Don Taylor). También por mi desconocimiento absoluto de los componentes de un coche (recuerda: TAPACUBOS).




Comenzamos hablando de exTreBeO, la Asociación Cultural de Amigos del Comic de Extremadura, de qué diablos es y qué proyectos tenemos. Algún día lograremos superar el estado de fantasía adolescente.


Y a continuación nos lanzamos con la primera parte de dos programas dedicados a los doctores locos, esos científicos desquiciados obsesionados con la conquista y subyugación de la humanidad toda.





Los doctores Cyclops y Phibes, los Frankensteins de la Hammer, la alucinante película Horror Hospital y el por siempre genial H. G. Wells fueron algunos de los verdaderos protagonistas.



Podéis descargarlo aquí, o bien aquí si no os importa que el archivo sea más pesado. Para la primera opción, agradecer de nuevo a Lobo Solitario Fran (sin su cachorro) el subirlo a la página de Archive de forma correcta.




Kanuto y Fermín Solís envenenando las ondas. Atención a la ventana del fondo.









Y la maravillosa Leila Hyams (Freaks/La parada de los monstruos, Island of Lost Souls/La isla de las almas perdidas y The Thirteenth Chair, entre otras) para terminar y que no quede en nuestras retinas la imagen de esos dos feos. No hablé de ella, pero valga este rendido homenaje.
(Continuará...)


miércoles, junio 03, 2009

Con la mirada perdida en el fondo de un vaso espectral


La Asociación Cultural de Amigos del Cómic de Extremadura, exTreBeO, a la cual pertenezco y de la cual, por puro milagro, aún no me han echado, graba más o menos con intervalos de un mes un excelente podcast dirigido por el mismo Presidente de la mentada Asociación, Fran. Fran es una persona cruel y sin corazón que, por eso mismo, se ha ganado todo mi respeto.

En el último podcast, el 02, participó este espectro haciendo de, cómo no, médium de un dibujante de tebeos del que no sabía nada y del que, como bien sabéis los que alguna vez hayáis transmitido mensajes del más allá a través de vuestros zaleados cuerpos, sigo sin saber nada porque no guardo memoria de la experiencia. Cuando un espíritu se apodera de un cuerpo que aún respira la voz de éste se distorsiona y se torna pastosa y algo confusa, dando la sensación para aquellas mentes poco despiertas de que el médium está bien bajo los efectos de alguna bebida espirituosa o bien sumido en el pozo ocasional de alguna droga alucinatoria. Pero no es el caso. Éste es el precio que debe pagar un buen médium: la incomprensión y la mofa.

Para aquellos que tengáis valor y no os asuste el vacío mental de vuestros semejantes, podéis bajarlo, escucharlo y tomar lecciones de cómo tratar a los espectros. 52 minutos fantasmales, creedme.

lunes, mayo 18, 2009

Harry Dickson: las aventuras originales, volumen 2 (1907-1911)


Sigue la edición por parte de La biblioteca del laberinto de las novelas que dieron origen al Harry Dickson de Jean Ray. Estos relatos eran apócrifos protagonizados por Sherlock Holmes y un ayudante ideado para la ocasión que sustituía a Watson, Harry Taxon. Ray comienza a traducirlos para el mercado belga, pero cansado de lo que consideraba una tarea rutinaria y convencido de que él podía superar con facilidad a los originales, decide bien pronto pasar de traducirlas a reescribirlas. Para entonces ya este Sherlock de pacotilla era Harry Dickson y su ayudante había tomado el nombre de Tom Wills. Y ambos, de la mano de Ray, se dedicaron a investigar los casos más inverosímiles y fantásticos que cupiera imaginar.

En mi comentario al volumen anterior no tenía claro que Tom Wills en ningún momento se presenta como un trasunto del doctor Watson, sino que se trata nada más y nada menos que de un ayudante, casi un aprendiz, de aquel al que siempre se dirige como maestro: Holmes/Dickson. Imposible imaginar en Holmes ese trato afectuoso, casi de padre a hijo, entre Dickson y Wills. Esta nota distintiva permanecerá en las versiones de Jean Ray, lo cual ayudará, junto a su derivación netamente fantástica, a diferenciarlo de su modelo. El genial escritor dio así el paso decisivo para crear uno de los más grandes detectives de lo sobrenatural gracias a sus “traducciones creativas” de estas en verdad desaforadas aventuras convirtiéndolas en definitivamente extravagantes y únicas.

Ya en estos cuentos poco queda del Holmes del canon, de hecho no está ni Watson, y de una aventura a otra, dependiendo de quien escribiera la historia correspondiente, el personaje varía de forma considerable, así tanto el estilo narrativo como el carácter de lo narrado, que puede unas veces ser más detectivesco y otras pura acción sin descanso. En ocasiones varía hasta en lo físico: en este mismo volumen, en una aventura es un tipo rubio, en otra moreno. En fin. Ray tenía materia con la cual jugar.

En esta edición se ha optado por seguir los títulos de la edición belga, de ahí que no siempre coincidan con los de la primitiva edición española. Las aventuras primera y última del volumen pertenecen a la colección Memorias íntimas de Sherlock Holmes, siendo la segunda y la tercera parte de la colección Memorias íntimas del rey de los detectives, cambio de nombre debido a la actuación de los herederos de Conan Doyle que consiguieron eliminar el mismo de la portada, si bien en el interior el protagonista seguía siendo Holmes. A pesar de ser estas aventuras las originales protagonizadas por el genial e irrepetible detective asesor, también en esta edición se ha preferido cambiar el nombre del protagonista por el que se harían popularmente más conocidas.

La timba de la calle Franklin es un compendio de disparos, carreras y persecuciones de vértigo que tienen lugar en una urdimbre de pasillos, galerías subterráneas, habitaciones ocultas y paredes que se desplazan y esconden puertas a pasadizos secretos. Un relato que debe más al folletín y, a través de éste, a la misma novela gótica (joven indefensa raptada y amenazada de muerte a la cual nuestros héroes deben salvar, junto a ese infierno de pasadizos escondidos tras las paredes y bajo el suelo de una mansión victoriana que más asemeja cualquiera de los siniestros castillos que poblaron las obras de Walpole y Radcliffe) que a los relatos del canon holmesiano, esto es, los escritos por Arthur Conan Doyle. Pura acción en una aventura que si bien no deja una huella digamos profunda, desde luego sí que resulta entretenida.

Miss Mercedes, la reina del aire es un relato más detectivesco, con crímenes, robos inauditos y una clara visión negativa de los judíos. El punto de partida no deja de ser una divertida confusión que parece encaminar la historia hacia un enredo de faldas entre un lord snob y un engreído baronet, pero pronto todo deriva hacia una intriga principesca de nobles rusos acosados por malvados nihilistas, para llegar a la mitad, descubrir que se nos ha entretenido con una falacia y centrarse todo en un absurdo robo. No muy brillante debido a esta indefinición y baile argumental, pero por eso mismo no consigue aburrir. En su mayor defecto está también su minúscula virtud.

Es evidente que el anónimo autor de Alrededor de un trono pretende elevar el vuelo estilístico de la colección. Otra cosa es que lo consiga, claro, porque dicho esfuerzo no da grandes frutos, la verdad. Sin embargo resulta muy curioso comprobar cómo ese esfuerzo literario va acompañado de una trama delirante, no tanto por los increíbles y desestructurados sucesos, que por momentos parecen seguir la única lógica de “lo primero que se me ocurra, pues eso vale”, como por lo exagerado de los mismos. El adjetivo “desaforado” parece aquí cuadrar mejor que nunca. No hay más que detenerse brevemente en uno de los dibujos, una de las ilustraciones que adornan el relato: un joven servio dormido en un banco mientras Harry Dickson abre un saco lleno de cabezas humanas ante la mirada vagamente horrorizada de Tom Wills. Si esto fuera una película de serie b, tendría una legión de seguidores irredentos proclamándola una joya de culto.




En fin, una aventura algo salvaje, asilvestrada, con una trama que va del mar Jónico a Belgrado, pasando por un campamento gitano que está en otro país y un convento del que se efectúa una fuga de la que resulta difícil enterarse de cuánta gente en verdad han ido allí a salvar nuestros héroes pues no coincide con el número de salvados. Es que por no coincidir, no coincide ni el género: las hermanas del joven servio durmiente son hermanos al salir del convento, así porque sí, sin mediar palabra los pobres. E incluye una forma de burlar un pelotón de fusilamiento que si llegáis a leerlo no olvidaréis jamás de puro desquicie, de pura tontería. Y todo regado, como he dicho, con las florituras literarias más ingenuas y desarmantes. En definitiva, un más que disfrutable folletín de la más baja estofa.

La intrigante desenmascarada es la aventura que cierra este segundo volumen de las aventuras originales de Harry Dickson. Se trata de una aburrida trama de crímenes orquestados por una mujer malvada y su horda de secuaces dispuestos a todo a cambio de sexo.

La biblioteca del laberinto acaba de publicar dos nuevos volúmenes de esta colección incluyendo seis aventuras: aquellas en las que el magnífico detective se enfrenta al maléfico Profesor Flax. No podemos sino felicitar a esta editorial por esta labor de rescate única que nos está brindando la oportunidad de descubrir la verdad sobre el caso Harry Dickson.

HARRY Dickson, el Sherlock Holmes americano; volumen 2: La timba de la calle Franklin y otras historias desaforadas del rey de los detectives. Ilustraciones de Alfred Roloff; introducción de Alfredo Lara; apéndice de Francisco Arellano. Madrid: La biblioteca del laberinto, 2007. 216 p. Delirio, ciencia-ficción; 11. ISBN 978-84-935407-2-2.

martes, mayo 12, 2009

Que vienen los indios, primera entrega


Que vienen los indios es un programa de Canal Extremadura Radio dirigido y presentado por el genial Kanuto (SpaceRockHeaters, avuelapluma, Mensajes para la humanidad) que se emite todos los sábados de 5 a 6 de la tarde.

La emisión del día 2 de mayo de 2009 estuvo dedicada al cine de terror de la productora Universal. Lon Chaney, James Whale, Bela Lugosi, Boris Karloff, los cócteles de monstruos de los años 40... En fin, un repaso a los grandes clásicos del fantástico.



El espectro encarnado Llosef estuvo presente para transmitir un mensaje del más allá dictado por el mismo Tod Browning.



Aquí podéis escuchar todos los programas emitidos hasta el momento. ¡Visita obligatoria para los adeptos de las sombras! Y los que no, más aún.



Y aquí el programa en cuestión con un poquito más de calidad (para bajarlo, pinchar con el botón derecho del ratón sobre el archivo de 98 MB - MPEG2 y seleccionar "guardar como"). Infinitas gracias al amigo Fran Iconos por subirlo a la página de Archive, porque aquí un servidor no ha resucitado tras siglos de oscuridad y ya va a saberlo todo de internet...








(Continuará...)


miércoles, abril 22, 2009

La casa del páramo, de Elizabeth Gaskell (1850)


¡Qué fantástico título para un relato de terror! Pero no es el caso. O al menos no es el caso si a género se refiere, pues en sentido estricto este maniqueo cuento de nuestra adorada Elizabeth Gaskell (Elizabeth Cleghorn Stevenson en su lozana soltería) consigue infundir pavor: no otra cosa se siente cuando leemos qué tipo de vida servil y gris hacen llevar a la protagonista de esta amarga historia, la joven Maggie, destino infame que comparte con tantas heroínas de la época, bien es verdad; pero este sentimiento también es provocado por el insufrible y melifluo aroma a incienso clerical que infecta algunas de sus páginas. Elizabeth Gaskell era hija de un pastor de la Iglesia Unitaria inglesa, y la pobre además se casó con un ministro de la misma. Por algún lado debían salir tan malas influencias, qué remedio.

Elizabeth Gaskell escribió, además, esta novela corta con el objetivo de ser publicada como cuento para la Navidad de 1850. Quizá este destino la llevó a derramar un exceso de almíbar en muchos de sus párrafos. Los buenos son de una pureza tal que uno llega a preguntarse cómo es posible que caminen en vez de levitar sobre los luminosos campos.

A día de hoy la bondad de la niña Maggie resulta algo cursi y beata, y la maldad de su hermano mayor Edward, al menos de niño, podría considerarse más bien la propia de un carácter desabrido. Pero donde la diferencia de encararse y afrontar la vida que los separa se mantiene inexpugnable es en la crueldad que en todo momento Edward muestra para con su hermana pequeña sólo por el hecho de que él es un hombre, de pensar que el género es razón suficiente y justificada para ser un déspota. No todo puede estar mal si ha salido de la mano de la Gaskell.

Sin embargo, poco más ofrece este relato. Su desaforado final es un puro desastre en su intento de resultar patético (de pathos, digo) y emocionante, buscando con desesperación digna de otras causas hacer saltar las lágrimas al lector. Y un auténtico dislate argumental. La Gaskell abandona su elegancia habitual, sus excelentes dotes de narradora, para encadenar una situación increíble tras otra, todo precipitado y amontonado en un barullo tal que da pena, a mí al menos, viniendo de quien viene.

Resulta muy curioso, eso sí, y muy interesante comprobar cómo el cine de desastres, en este caso el incendio y posterior hundimiento de un barco, sigue paso a paso lo que aquí nos cuenta nuestra idolatrada (no en esta ocasión, qué se le va a hacer) autora: hay cosas que ni siglo y medio han hecho cambiar. No digo que fuera un patrón que inventara la Gaskell: se trata de unas convenciones argumentales que se siguen utilizando de idéntica manera hoy en día. Vamos, que sólo ha faltado lo de la orquesta tragada por las aguas sin dejar de tocar...

Pese a las elogiosas palabras que Charlotte Brontë escribiera sobre él, me veo obligado a confesar, por si alguien aún lo dudaba, con verdadera desazón que este relato no me ha gustado demasiado. Pero como al tiempo me siento inflamado por el espíritu santurrón que domeña sus palabras, con las que en tantas ocasiones se aclama a Dios, a nuestra capacidad para ser buenas personas y para ejercitar el don del perdón y del sacrificio, insto a todos aquellos que lo vayan a leer o que lo hayan leído, y me insto a mí mismo, a poner en práctica dichos rasgos de humanidad y bonhomía y propongo perdonemos así a la Gaskell este insignificante tropiezo. ¡Venga, que nadie diga de nosotros que somos una pandilla de rufianes! ¡Perdonadla, malandrines, u os las veréis conmigo!

GASKELL, Elizabeth. La casa del páramo. Traducción de Marta Salís. Barcelona: Alba Editorial, 2009. 189 p. Clásica; CIV. ISBN 978-84-8428-437-6.


jueves, abril 09, 2009

El fiscal rompe un huevo, de Erle Stanley Gardner (1949)


Protagonizada por Douglas Selby, fiscal del distrito de Madison County, acompañado en sus pesquisas por el sheriff Rex Brandon y la periodista Sylvia Martin, esta novela pertenece a la serie que Gardner creó como réplica o contrapartida a su mucho más popular abogado defensor Perry Mason. Si en las novelas de Mason los malotes eran casi siempre el teniente Tragg y el fiscal de turno, junto a los criminales de rigor, por supuesto, en las de Selby sucede justo lo contrario: el trabajo del fiscal se verá entorpecido por las intromisiones de un jefe de policía, Otto Larkin, ofuscado por el deseo de protagonismo y por la ambición de llevarse todos los méritos de la resolución de los casos, y un abogado marrullero y liante, A. B. Carr, tan inteligente como despiadado.

Da la sensación de que Gardner, abogado de profesión, quisiera con esta serie mostrar la cara positiva de los fiscales, tan atacados en sus novelas de Mason. Incluso se suceden las bromas a costa del habeas corpus que pueden solicitar los sospechosos, siendo este procedimiento la piedra de toque del proceder de Perry Mason. Y al igual que éste se las pasaba flirteando con su secretaria Della Street, el bueno de Selby hace lo propio con la periodista Sylvia Martin, aunque a todas luces su flirteo resulta mucho menos velado. Selby es más aburrido y soso que Mason, pero desde luego sabe llevar mejor a las mujeres que el impulsivo Mason.

La novela es puro entretenimiento de calidad, sólo que en este caso creo que Gardner nos ofrece su creación menos interesante, a mi gusto muy por debajo de las aventuras de Mason y en especial de las delirantes peripecias de Bertha Cool y Donald Lam, mis favoritos, no lo puedo ocultar. Sobre ellos ya comenté en las otras entradas dedicadas a Gardner.

Aquí, toda la trama resulta en exceso esclava del embrollo habitual en este tipo de novelas criminales, y si bien el dibujo de personajes es excelente como siempre en Gardner, se acaba echando de menos que se detenga más en ellos, en su personalidad y por qué hacen lo que acaban haciendo, preocupándose más de a qué endiablada hora lo estaban haciendo.

El sheriff Brandon se nos presenta como un hombre de acción que pierde la paciencia con suma facilidad ante las triquiñuelas legales. Un bonachón con carácter irritable y gruñón que, pese a los esfuerzos de Gardner por hacerlo simpático al lector, resulta profundamente desagradable: uno lo imagina capaz de cometer algún delito peor que los de los criminales perseguidos por él en aras de la justicia. Está claro que es el compañero perfecto para el tranquilo y racional fiscal Selby, es lo típico y ya copiado hasta la saciedad de dos compañeros unidos hasta las últimas consecuencias por una causa común con personalidades opuestas que tanto juego dan, buscándose en él la identificación del lector de a pie, que tendría más complicada la empatía con el en ocasiones gélido Selby, siempre racional y cumplidor de la ley a rajatabla, siempre tranquilizando al sheriff y permaneciendo en un discreto segundo plano. Para mi gusto, Brandon no pasa de ser un bruto en apariencia bienintencionado, pero demasiado dispuesto a saltarse la ley y resolverlo todo a puñetazo limpio. Lo típico para quienes pensar no pasa de ser un doloroso esfuerzo evitable.

Aun así, quiero dejar claro que ésta es una impresión en exceso subjetiva, y que en cualquier caso me parece genial que una novela cuyo objetivo sea tan sólo entretener pueda dar lugar a un debate que otras más sesudas no logran ni a palos. En fin, nos lleva a pensar y plantearnos cosas. Otros escritores hacen de esto su bandera y no pasan de escribir panfletos de manual.

Lo más interesante de la historia, volviendo a la novela en sí, acaba siendo el malo. Ya sabéis: qué sería de los héroes si sus némesis no estuvieran a la altura. Este malote, el abogado fullero y de maneras exquisitas A. B. Carr, borra del mapa a todos los personajes en cuanto aparece. De una inteligencia sorprendente y vivaz que logra la admiración del propio Selby, es un claro ejemplo de la mano maestra de Gardner a la hora de crear personajes de fuste. Y de su mismo inteligente proceder: la mejor manera de mostrar la valía de sus protagonistas positivos, es que los negativos estén a la altura. ¿Qué mérito tendría derrotar a un puñado de tontos? Lástima que al final, exigencias del guión, también acabe perdiendo un tanto los papeles.

En fin, de lo más flojito que he leído de Gardner, demasiado X estuvo aquí a tal hora y B hizo esto otro, más Z se encaminaba hacia aquí y de repente aparece un Y que lo lía todo más, para que entonces llegue C y le dé sentido a todo. Pero se lee en dos ratos, no cansa jamás y nunca promete más de lo que da. Esto último, creedme, lo valoro en lo que verdaderamente vale: leer a Gardner es todo un baño de aprender a cómo saber escribir con oficio y honestidad.

GARDNER, Erle Stanley. El fiscal rompe un huevo. Traducción de Carmelo Saavedra Arce. México D. F.: Editorial Cumbre, 1957. 168 p. Laberinto.

martes, marzo 31, 2009

La cámara ardiente / El Tribunal del Fuego, de John Dickson Carr (1937)


El considerado maestro del enigma de la habitación cerrada, imagino que con permiso del gran Gaston Leroux y su Joseph Joséphin Rouletabille, John Dickson Carr (1906-1977) tiene en esta novela no sólo una de sus obras más representativas, sino una de las más logradas, enrevesadas y macabras.

El misterio del crimen, pues ya me diréis qué novela de misterio sería ésta sin su rosario de cadáveres, se centra no en una, sino en dos habitaciones cerradas, resultando además una de ellas una cripta nada menos. El ambiente terrorífico propio de una novela de fantasmas y aparecidos se apodera de la obra, pese a su estructura y desarrollo netamente detectivescos: todos los implicados reunidos en el mismo escenario, diálogos entre los diversos protagonistas cargados de explicaciones sobre qué han hecho y qué han dejado de hacer y gran quedada final con todos los sospechosos en la misma habitación, repaso a todo lo sucedido con revelaciones sorprendentes y desenmascaramiento del criminal. Es la atmósfera fantasmal con trasfondo de brujería pues lo que le da un tono especial al relato, sobre todo en lo que se refiere al desenlace, tan sorprendente como rompedor con el género detectivesco.

En la novela se juega en todo momento con lo racional y lo fantástico, llevando el enredo criminal a poder ser explicado, al menos de forma aparente, con dos soluciones. Pero estamos muy lejos aquí de la sugerencia elegante y sutil de Henry James y su Otra vuelta de tuerca o de la fascinante película, dirigida en 1957 por Jacques Tourneur, La noche del demonio, ambientada también en el proceloso mundo de las sectas satánicas e inspirada en el genial relato de M. R. James La maldición de las runas. Dickson Carr resulta mucho más tosco en su estilo, en el desarrollo de la trama y en la ambientación. Por mucho que parezca ofrecer dos explicaciones, si uno cree que lo escrito no es mentira (esto es, si Carr no incluye un capítulo cuyo sentido único es engañar al lector), explicación sólo hay una, aunque no es la que casi todos en la novela creen. Sí hay que reconocer que este último capítulo brilla por su capacidad de hacernos tangible lo fantasmal, creíble lo que está más allá de la lógica. Hasta por un momento parece elevarse a las magistrales formas de los dos James citados. Pero sólo por un momento.

Si la temática sobrenatural con explicaciones racionales conforman el corazón de la novela gótica, en ésta Dickson Carr (también firmaría muchas de sus obras como Carter Dickson) nos ofrece justo lo contrario.

Las ediciones de Planeta y Valdemar recogen la misma traducción. Sólo varía su título, siendo más correcto el de la segunda, pues El Tribunal del Fuego es el nombre del “Tribunal especial de París donde se juzgaban los casos de hechicería” tan relacionado con esta novela. La edición de Valdemar incluye además una breve introducción sobre el autor.

CARR, John Dickson. La cámara ardiente. Traducción de Juan José Mira. Barcelona: Planeta, 1953. 221 p. Una selección de “Crime Club”, Colección “El Búho”; 14.

CARR, John Dickson. El Tribunal del Fuego. Traducción de Juan José Mira. Madrid: Valdemar, 1991. Tiempo Cero; 29. ISBN 84-7702-037-X.